La sensibilidad a las razones

Por Andrés Moya

Podría pasar por un prejuicio el indicar que debemos educarnos para tener sensibilidad frente a las razones. Porque de igual forma podría indicarse que también debemos educarnos para muchas otras cosas, por ejemplo, el respeto a los demás, el dolor ajeno o la belleza. Y, en efecto, todos estos asuntos, y muchos otros, deben entrar en el paquete de la educación desde la infancia. Pero déjeme querido lector romper una lanza a favor de la sensibilidad por las razones, porque considero que es nuclear y fundamental para lograr la sensibilidad en el resto de todos esos asuntos para los que también es deseable tener sensibilidad.

Tener sensibilidad a las razones significa que cuando estamos frente a cualquier asunto, en una conversación con amigos, con desconocidos, con profesionales, en cualquier foro, o cuando seguimos como espectadores cualquier discusión o discurso entre terceros, estamos ya de por sí preparados para discriminar o apreciar la coherencia de los discursos que unos nos presentan. Es claro que no podemos reclamar coherencia y lógica en los discursos de los demás sin al tiempo reclamarla en nosotros mismos cuando los construimos. Fíjense que hago referencia a ‘la lógica y coherencia interna del discurso’, suponiendo que este existe, claro. Porque eso que se nos está exponiendo puede ser un simple ‘yo me decanto por esto o por aquello’, ‘este o esto me gusta más’, ‘aquello me parece mejor que aquello otro’. En el día a día con los demás nos vemos plegados a oír frases de este estilo que, de un plumazo, parecen dar autonomía y prestancia a quien las formula pero que, en realidad, albergan poca o ninguna sensibilidad a las razones.

La autonomía de las personas para formular simplemente un ‘me gusta o no me gusta’, ‘me decanto por esto o por aquello’, ‘por este o por aquel partido político’, etc., es una condición maravillosa y necesaria en sociedades libres, donde el individuo puede ejercer su derecho a tomar una decisión ‘final’ sobre cualquiera de los asuntos mencionados. Pero obsérvese que he indicado decisión ‘final’. Esta no puede ser una simple apetencia, un proceso sin deliberación interna alguna, sin reflexión ni maduración, sin crítica, en una palabra. Digamos que hay que añadir una condición más, que pasaría por suficiente, para que esa sociedad libre funcione de forma adecuada: que la toma de decisiones, el simple ‘me decanto por esto o aquello’ estuviera precedido de razones y de razonamiento y no simplemente de emociones.

¿Esta actitud de sensibilidad para el ejercicio de la razón, debe estar presente hasta el más nimio de los asuntos diarios? Por extraño que pueda parecer, así creo que debe ser. El tiempo que debamos dedicar sobre cualquier cosa antes de decidir no será el mismo, según el asunto que estemos considerando; algunos serán solo cuestión de segundos, otros de horas y otros de mucho tiempo. Pero lo que precede a esta forma de encarar las decisiones es la necesaria actitud de atenernos a razones.

Ahora bien, no nacemos con sensibilidad para las razones ni para amar el ejercicio de la razón; nos debemos educar para ello. Es más, puede darnos pereza el concatenar argumentos para llegar a una conclusión razonable. La razón humana, en efecto, se acompaña de muchas otras características, alguna de las cuales pueden entrar en contradicción contra lo que la razón pudiera dictarnos, o simplemente, no tener disposición o hábito para razonar, para pensar. Se suele recurrir a la contraposición entre aquello que la razón sugiere y lo que la pasión –el corazón- nos dicta. Mi percepción al respecto es que esas contraposiciones suelen ser la mayor parte de las veces falaces: la pasión es ciega y no se atiene a razón alguna y la mayor parte de las veces las decisiones pasionales carecen de decisión razonada. Es mucho más interesante aunar razón y pasión, en ese orden.

Y ahora volvamos al principio, porque qué mejor herramienta para encarar la sensibilidad por el respeto a los demás, la del dolor ajeno o la sensibilidad por la belleza, que aprender y tener sensibilidad en el ejercicio de la razón. La razón, la ética y la estética están más ligadas de lo que pudiera parecer en un principio. La educación en valores (ética) y en la belleza (estética) se puede alcanzar más fácilmente desde una adecuada educación en la sensibilidad por la razón.

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